
Elia era única en el mundo.
Claro que también tenía sus peros.
Pero sin duda, era única.
Única en todo el universo.
Le encantaba la playa, aunque odiaba el agua.
Nunca se bañaba, aunque iba cada mañana.
Simplemente se sentaba,
y suspiraba.
Elia suspiraba por muchas cosas.
Por sus padres y por su familia.
Por sus amigos y sus problemas.
Por ella.
Soñaba muchos días con que entre suspiro y suspiro,
todas sus preocupaciones se iban con la brisa del mar.
Luego nunca pasaba nada.
Estaba acostumbrada.
A Elia le encantaba soñar despierta.
Elia nunca hacía caso a nadie.
Simplemente se ponía su vestido azul.
Sus sandalias de cuero.
Su bolso de flores negra,
y salía a pasear. Hasta dónde pudiese ese día.
Se movía cómo el jabón entre las manos.
Se deslizaba, levitaba.
Su pelo anaranjado y sus ojos azules,
brillaban por todo el paseo marítimo.
Era una pena que estuviese tan sola.
Aunque no necesitaba a nadie.
Estaba muy bien así, solo ella y el mar.
Él nunca le dio la espalda,
Siempre la escuchó y ahogó sus lágrimas.
Siempre se perdía entre el olor a salitre,
las rocas verdes de los acantilados
y el ruido de los pájaros al amanecer.
Era el único momento del día en el que se sentía tan única,
cómo para ser ella misma.
Continuará.
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